COMPARTIMOS ESTAS NOTAS DE ALBERTO RABILOTTA, DEL SITIO :
AMERICA LATINA EN MOVIMIENTO
ALAI, América Latina en Movimiento 2014-07-03
Esencia del imperio neoliberal
Destrucción social y caos mundial (I)
Alberto Rabilotta
Es
difícil no sentir que el mundo, la humanidad y nuestra madre tierra,
están siendo empujadas a la catástrofe por el imperio neoliberal, o sea
Estados Unidos (EE.UU.) y sus aliados de la OTAN. Esto es tan válido si
hablamos de la naturaleza, de la acelerada extinción de especies y el
recalentamiento global, como de las sociedades, o mejor dicho de lo que
de ellas resta en tantos Estados-naciones que se han dejado o están
siendo empujados a despojarse de toda soberanía nacional y popular.
Este
caos actual es el producto de las políticas de un imperialismo que
desde el derrumbe de la Unión Soviética trata de mantener un orden
unipolar para instaurar mundialmente y sin alternativa de cambio el
neoliberalismo, hacer realidad el “no hay otra alternativa” de Margaret
Thatcher.
Pero,
como quedó demostrado cuando EE.UU. fue forzado a cambiar su política
de agresión en Siria, a partir de septiembre del 2013, la unipolaridad
ya no es posible no solo por el activo papel que juegan dos grandes
potencias, como lo son Rusia y China, sino por la mayoría de países en
el mundo que apoyan el retorno a un multilateralismo y se oponen a
perder la soberanía nacional y popular que les permita adoptar sus
propias políticas socioeconómicas e integrarse internacional o
regionalmente de manera compatible con sus legítimos intereses
nacionales.
La
unipolaridad ya estaba comprometida por la constatación en el Oriente
Medio, África y Asia de que EE.UU. y sus aliados provocan guerras que no
ganan –Afganistán, Irak, Libia y Siria-, pero que siempre dejan el
caos, muertes, refugiados, miseria y destrucción económica y social.
En
el 2011 los dos principales aliados del imperio en el Oriente Medio,
Israel y Arabia Saudita, criticaron abiertamente a Washington por no
haber lanzado una guerra contra Irán y haber permitido el derrocamiento
del presidente Mubarak en Egipto, haciéndole llegar al presidente Barack
Obama el mensaje de que ``no se abandona a los aliados``. Todo el
mundo, y en primer lugar los aliados de Washington, saben que las
guerras que lanzan EE.UU. y sus aliados no se ganan, que destruyen
países, economías y sociedades, y dejan el caos. Desde Afganistán hasta
Siria, pasando por Irak y Libia –sin olvidar Paquistán, Sudan y otros
países africanos-, solo han dejado destrucción, cruentas luchas entre
comunidades religiosas y grupos étnicos, y cientos de miles de muertos,
heridos y refugiados, y una gran miseria. EE.UU. no tiene nada de
positivo que mostrar.
Hace
casi dos décadas el economista ítalo-estadounidense David Calleo
escribió sobre las fases de decadencia final de los imperios de Holanda e
Inglaterra, calificándolas como “hegemonía explotadora”, en las cuales
el imperio no tiene nada que ofrecer de positivo (desarrollo
socioeconómico o seguridad militar, por ejemplo) a los países que domina
y componen el sistema, incluyendo a la economía y sociedad del imperio,
y entonces se dedica a exprimirlos a fondo, a vivir de las rentas que
por todos los medios puede extraer de esos países. El imperio
estadounidense se encuentra en esa fase.
Para
muestra basta un botón: en una conversación privada el ministro de
Relaciones Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, puso en claro que
la alianza de su país con EE.UU. y la OTAN no los beneficia y que, al
contrario, provoca peligrosos focos de tensiones con los países vecinos
(1). Lo mismo debe estar pensando cualquier persona honesta que aún esté
en el gobierno creado por el golpe de Estado en Ucrania, último país al
que EE.UU. y sus aliados de la OTAN han llevado al borde de la guerra
civil para provocar foco de constante confrontación con Rusia.
Al
mismo tiempo, signo de que el imperio ya no puede controlar a todo el
mundo durante todo el tiempo, en Latinoamérica y el Caribe se prosigue
la creación de los mecanismos de integración regional y subregional en
los cuales EE.UU. no figura ni puede controlar. Por su parte el BRICS
(Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) sigue avanzando con sus
proyectos de creación de un banco de desarrollo e instrumentos
monetarios y financieros fuera del alcance de EE.UU. y del dólar,
mientras que asistimos al reforzamiento de lazos económicos, comerciales
y monetarios entre Rusia y China, entre otros procesos regionales en
curso en Asia y Eurasia.
Nada
de esto constituye en sí una alternativa anticapitalista, más bien la
casi totalidad de países funcionan dentro de un sistema capitalista,
aunque tengan importantes sectores estatales en la economía y puedan
estar priorizando formas de propiedad social como sustituto a la
propiedad privada en ramas de la economía. Pero, detalle clave, en
prácticamente todos los países la intervención estatal en la economía es
un hecho.
Asimismo,
en todos esos procesos el regionalismo incluye la participación e
intervención de los Estados, de sus instituciones y empresas, así como
niveles de planificación sectorial en las áreas industriales,
energéticas, comerciales y de servicios, y sistemas financieros y
monetarios que se promete o avizora estarán fuera del control del
imperio y sus aliados. Una forma de regionalismo de este tipo como
alternativa al “capitalismo universal”, lo que hoy llamamos
neoliberalismo, fue propuesto por el intelectual húngaro Karl Polanyi en
1945 (2), tema sobre el cual retornaremos en la segunda parte de este
artículo.
Pero
aun no siendo una alternativa socialista o anticapitalista, es claro
que estos procesos regionales y multilaterales constituyen una
formidable barrera a los planes del imperio, una barrera que el
imperialismo está tratando de derribar con todos los instrumentos a su
alcance, como la ofensiva para concluir rápidamente y en el más completo
secreto los Acuerdos de “última generación” -el Acuerdo Transpacífico
de Asociación económica , la Asociación Transatlántica sobre Comercio e
Inversiones y el Acuerdo sobre el comercio en servicios-, o tratando de
entorpecer los acuerdos regionales a través de los políticos,
burócratas, profesionales y empresarios que están al servicio del
imperio.
Los
mencionados Acuerdos tienen por objetivo la eliminación de la soberanía
nacional y la sujeción de los Estados signatarios a respetar los
términos de esos tratados negociados en secreto, que respetan una sola
ley, la de EE.UU., e incluyen mecanismos por los cuales los Estados que
no respeten los términos pueden ser llevados ante tribunales de
arbitraje por los monopolios. Esos Estados pasan a ser garantes de las
inversiones de los monopolios extranjeros para apropiarse de los
sectores económicos que les interesan, incluyendo los que dejarán los
Estados al privatizar los servicios públicos.
Pero
esos Acuerdos no son cosa hecha porque el rechazo crece en las
poblaciones que no quieren abandonar sus legítimos sentimientos e
intereses nacionales, y en los intereses capitalistas locales que saben
que serán aplastados por los monopolios extranjeros. Y mientras que el
regionalismo avanza, en la Casa Blanca y el Congreso de Washington no
les queda otra que aferrarse a seguir creyendo que el imperio es
invulnerable y puede seguir actuando, él y sus aliados estratégicos, con
la impunidad que les dio el (relativamente breve) orden unipolar.
Es
en este contexto que tiene su dimensión el discurso del presidente ruso
Vladimir Putin ante los embajadores de Rusia, el 1 de julio, donde les
recordó que EE.UU. está aplicando a su país la misma política de
“contención” que durante la Guerra Fría aplicó contra la Unión
Soviética, y que esperaba que el pragmatismo prevalecerá, que los países
occidentales se despojarán de ambiciones, de tratar de “establecer
‘cuarteles mundiales’ para organizar todo acorde a rangos, e imponer
reglas uniformes de comportamiento y de vida de la sociedad”
Putin
señaló que los diplomáticos rusos saben cuán dinámicos e impredecibles
los acontecimientos internacionales pueden a veces ser. Parecen haber
sido presados juntos de una sola vez y por desgracia no son todos de
carácter positivo. El potencial de conflicto está creciendo en el mundo,
las viejas contradicciones se agudizan y otras nuevas están siendo
provocadas. Muy seguido nos encontramos con este tipo de situaciones, a
menudo de forma inesperada, y observamos con pesar que el derecho
internacional no está funcionando, que las leyes internacionales no
funcionan, que las elementales normas de decencia son descartadas y que
triunfa el principio de todo-está-permitido… Es tiempo de que
reconozcamos el derecho de los demás a ser diferentes, el derecho de
cada país a construir su vida por sí mismo, no por las avasallantes
instrucciones de algunos () el desarrollo global no puede ser unificado,
pero podemos y debemos buscar un terreno común, ver socios en cada uno
de los demás, no rivales, y establecer cooperación entre los Estados,
sus asociaciones y las estructuras integradas. Y refiriéndose a los
conflictos que asolan varias regiones del mundo. Putin subrayó que “el
mapa mundial tiene de más en más regiones donde las situaciones están
crónicamente enfebrecidas, sufriendo de un “déficit de seguridad” (3).
Horas
antes, en el Encuentro Internacional Antiimperialista convocado por la
Federación Sindical Mundial (FSM) y realizado en Cochabamba, Bolivia, el
presidente boliviano Evo Morales señaló que “es importante identificar”
los instrumentos actuales de dominación del capitalismo, del
imperialismo, porque “por lo menos en América Latina ya no se ven golpes
de Estado, ya no hay tanto las dictaduras militares como antes”, sino
más bien “pueblos que defienden las democracias, pueblos que con mucha
claridad plantean programas y proyectos, proyectos políticos de
liberación”.
Y
en este contexto, según el Presidente boliviano, hay que preguntarse
qué hace el imperio: “provoca conflictos en cada país, financia
enfrentamientos de un pueblo, de un país y después con el pretexto de
defensa de los derechos humanos, del niño, de la mujer, del anciano
intervienen con el Consejo de Seguridad; qué Consejo de Seguridad, para
mí sigue siendo ese llamado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
un consejo de inseguridad, un consejo de invasión a los pueblos del
mundo”.
Para
enfrentar esta agresión imperialista Morales pidió a los delegados de
la FSM que elaboren “una nueva tesis política para liberar a los pueblos
del mundo", que sobrepase “las reivindicaciones sectoriales para
ahondar la crisis en el capitalismo y acabarlo, al igual que las
oligarquías y jerarquías” (4).
Resumiendo,
para un observador que no haya perdido la memoria histórica, lo que
Putin dijo no es más que una explicación a los diplomáticos rusos de la
conclusión a la que el pueblo ruso, y al menos una parte de sus
dirigentes, han llegado después de haber sufrido la experiencia de la
Perestroika y la aplicación brutal de las políticas neoliberales, y de
vivir la experiencia actual de cómo se comporta el imperialismo
estadounidense cuando un pueblo quiere buscar su propia vía, aun dentro
del capitalismo, sin menospreciar que todo eso debe haber ayudado a
revivir lo que el imperialismo buscó enterrar: las enseñanzas de Lenin
sobre el imperialismo.
No
es tan fácil borrar la memoria histórica de los pueblos, y mientras eso
pensaba leí el artículo “Una mirada al pasado” de Ricardo Alarcón de
Quesada, ex presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, que concluye con
la siguiente frase: Al volver la mirada hacia aquellos años
soñadores viene a la mente la advertencia de William Faulkner: “El
pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado” (publicado en la revista chilena Punto Final, edición nro. 807 del 27 de junio de 2014)
Pocos
días antes de la reunión de la FSM el presidente Evo Morales fue
anfitrión de la reunión de los 77+China, y sin duda allí registró muchos
sentimientos sobre el brutal accionar del imperialismo y la voluntad de
muchos gobiernos de poder defender sus legítimos intereses nacionales,
algo que bajo el imperio neoliberal está prohibido. Nuevamente, cuando
los pueblos viven bajo la férula imperial y recuperan la memoria
histórica, es lógico que retorne la necesidad de una estrategia
antiimperialista.
En
un reciente análisis titulado “America’s Real Foreign Policy – A
Corporate Protection Racket”, el intelectual estadounidense Noam Chomsky
describe el verdadero objetivo histórico de la política exterior de
EE.UU.: proteger los intereses del sector de las grandes empresas con un
“nacionalismo económico (un proteccionismo que) depende en gran medida
de la intervención estatal masiva”, y por eso en regla general se ha
opuesto por todos los medios a que los demás países tengan políticas de
“nacionalismo económico”.
Esto,
fundamenta Chomsky con referencias documentales, es válido para toda el
análisis de la política estadounidense hacia América latina y el
Caribe, y es el trasfondo del conjunto de la política exterior
estadounidense en todo el período posterior a la Segunda Guerra Mundial,
cuando el sistema mundial que iba a ser dominado por EE.UU. fue
amenazado por lo que los documentos internos llamaban "regímenes
radicales y nacionalistas" que responden a las presiones populares para
un desarrollo independiente (5).
Lo que documenta Chomsky se encuadra con lo que en 1945 anticipaba Karl Polanyi, de que EE.UU. ha
sido el hogar del capitalismo liberal del siglo 19 y es lo
suficientemente poderoso para proseguir solo la utópica política de
restaurar el liberalismo (ver llamada 2).
Y,
en ese sentido y con todas las limitaciones que conlleva, el
regionalismo es por ahora el principal frente antiimperialista, y el
otro tendrá que ser construido por los pueblos, por sus organizaciones
políticas, sindicales y sociales.
(Fin de la primera parte)
- Alberto Rabilotta es periodista argentino - canadiense.
1.-Grabacion de la conversación de Radoslaw Sikorski: La Vanguardia
2.
- Karl Polanyi, Universal Capitalism or Regional Planning? publicado en
enero de 1945 en The London Quarterly of World Affairs. En francés está incluido en el libro Essais de Karl Polanyi, Editions du Seuil, páginas 485 a 493.
3.-
Esta cita del discurso del presidente Vladimir Putin ante los
embajadores de Rusia, el 1 de julio 2014 fue traducida por el autor del
artículo. La versión oficial en inglés está disponible en el URL http://eng.kremlin.ru/transcripts/22586
4.- Cita del discurso de Evo Morales tomada de la Agencia Boliviana de Información, URL http://www3.abi.bo/#
5. - Noam Chomsky, How Washington Protects Itself and the Corporate Sector
http://alainet.org/active/75106
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ALAI, América Latina en Movimiento 2014-07-07
Alberto RabilottaEl antiimperialismo y el “ser o no ser” de la izquierda (II)
Segunda y última parte
En el artículo anterior (Destrucción social y caos mundial, esencia del imperialismo neoliberal),
planteábamos que los procesos de integración regional en Latinoamérica y
Eurasia con la participación activa de los Estados y sus instituciones,
aun con las limitaciones que conllevan al inscribirse en una estrategia
que no se plantea la salida del capitalismo, es por ahora el principal frente antiimperialista.
Y concluíamos señalando que el otro frente antiimperialista, el que el
presidente boliviano Evo Morales pidió a la Federación Sindical Mundial,
tendrá que ser construido por los pueblos, por sus organizaciones políticas, sindicales y sociales (1).
Evo
Morales dio en el clavo al pedir la identificación de”los instrumentos
actuales de dominación del capitalismo, del imperialismo” para poder
elaborar “una nueva tesis política para liberar a los pueblos del mundo"
que sobrepase “las reivindicaciones sectoriales para ahondar la crisis
en el capitalismo y acabarlo, al igual que las oligarquías y
jerarquías”.
Esta
identificación es crucial porque el imperialismo neoliberal es más que
la suma de sus partes conocidas y visibles, como la OTAN y las miles de
bases militares de Estados Unidos (EE.UU.) presentes en todo el mundo, o
los acuerdos de libre comercio y protección de las inversiones. Este es
un sistema de dominación mucho más elaborado, destructivo y totalitario
de lo que aparenta, y que gracias a la conspicua sociedad de consumo,
al control de los medios de comunicación y a la promoción de un
individualismo antisocial, posee la capacidad de “colarse” por todos
lados, de contaminar las culturas para destruir toda capacidad de
oposición. Y la lista de sus nefastas consecuencias es demasiado larga
como para continuarla en este artículo.
Por
eso la “inteligencia social” de los pueblos, y de la izquierda, debe
ser dirigida a pensar, analizar y formular, en sus ámbitos respectivos,
las buenas preguntas que nos guíen en la búsqueda de la verdadera imagen
del imperialismo neoliberal y que identifique a sus aliados, así como
las clases y grupos sociales que son las víctimas principales y deben
ser protagonistas en esta lucha. Que designe los aspectos estratégicos
que deben constituir los objetivos principales, y a partir de ahí
construir una estrategia antiimperialista para librar las luchas en los
diferentes frentes, las que ya están librando los pueblos de la actual o
pasada periferia y las extremadamente importantes que tienen que
librar los pueblos de los países centrales del imperio, y asegurar que
ambas confluyan en el objetivo común de superar el capitalismo.
Al
emprender esta tarea debemos entender que un “regionalismo” que incluya
la intervención de los Estados para desarrollar las fuerzas productivas
del conjunto de las economías nacionales, sean se propiedad estatal,
privada o social, permitirá seguir resolviendo los problemas de atraso,
pobreza y exclusión social y económica que dejó el subdesarrollo creado
por la dependencia y que agravó la experimentación de las políticas
neoliberales en las últimas tres décadas del siglo 10, como es el caso
en la mayoría de países de Latinoamérica y el Caribe.
En
el caso de Rusia -y otros países de la ex Unión Soviética-, este tipo
de regionalismo, y más aun si se complementa con uno que incluya a China
y otros países de Asia-, permitirá desarrollar las fuerzas productivas
del conjunto de las economías y la reconstrucción de los Estados e
instituciones destruidos o desmantelados por la aplicación de las
recetas neoliberales a partir de los años 90, las cuales provocaron el
empobrecimiento masivo de pueblos que habían alcanzado buenos niveles de
vida, de seguridad y de justicia social.
China
es un caso y ejemplo particular para el desarrollo del regionalismo
planificado porque es un país que se proclama socialista y donde se
combinan la propiedad estatal socialista –dominante en sectores básicos-
con la propiedad privada de tipo capitalista –preponderante en muchas
ramas de la economía-, y nichos de propiedad comunal. Como tal China ha
logrado que la entrada del neoliberalismo (a través de las empresas
transnacionales o los acuerdos comerciales) no debilitara de manera
notable las capacidades del Estado o de sus principales instituciones y
empresas, continuando así una política de defensa del Estado central que
en ese milenario país tiene una muy larga historia.
La
política china de hacer respetar los controles estatales por las
filiales de las empresas transnacionales en el país logró, como
señalaban los sociólogos Giovanni Arrighi y Beverly Silver, que en
EE.UU. dudaran de la “fidelidad” de estas filiales hacia los intereses
estadounidenses (Caos y orden en el sistema-mundo moderno,
Ediciones Akal, 2001). En ese sentido se pueden interpretar los
objetivos de la inserción de países socialistas con una larga y fiel
tradición antiimperialista, como Vietnam o Cuba, en procesos de
integración regional que implican una apertura al mercado y el capital
extranjero.
Varios
analistas avizoran que las recientes negociaciones entre Rusia y China
para aumentar la cooperación, el comercio y las inversiones, así como
efectuar los intercambios en sus monedas nacionales para escapar al
dominio del dólar –objetivo que figura en la agenda del BRICS-, creará
una masa crítica para la expansión del regionalismo con una robusta
intervención estatal hacia países como Irán, India y Paquistán, creando o
fortaleciendo los vínculos con la integración regional en Latinoamérica
y el Caribe, y tal vez propiciando algo similar en África, como era el
objetivo del líder libio Muammar el Gadafi, y probablemente la razón
para su derrocamiento y asesinato en el 2011 por las fuerzas combinadas
de Francia, Gran Bretaña y EE.UU..
Empero,
todo esto depende de que estas experiencias de regionalismo se
concreten y muestren resultados en la vida concreta de los pueblos, y
que resistan a los torpedos cotidianos de los agentes del imperialismo
neoliberal en esos países y a las agresiones económicas, financieras,
subversivas o militares del imperialismo y sus aliados desde el
exterior.
Un
aspecto esencial de todas estas experiencias de integración regional,
que vale destacar, es el manifiesto interés –visible en los discursos de
muchos gobernantes, entre ellos de Vladimir Putin-, de “reincrustrar” o
de mantener “incrustadas” las economías en las sociedades, o sea que
las economías vuelvan a estar o se mantengan subordinadas a las
sociedades, y en ese sentido este es un ataque a un aspecto central del
imperialismo neoliberal, que la primera ministra británica Margaret
Thatcher definió con claridad en 1987, cuando dijo que “there is not
such thing as society”, o sea que, como tal la sociedad no existe, requisito para hacer efectivo el lema neoliberal de que “no hay otra alternativa” a este sistema, también enunciado por la señora Thatcher.
Pero
hay que aclarar que la garantía de que estas integraciones regionales
serán algo más que una episódica “resistencia antiimperialista”
dependerá de la participación y presión social y política para que el
desarrollo se dirija hacia los objetivos sociales más amplios posibles,
para que se creen las democracias participativas que permitan defender y
profundizar las políticas antiimperialistas, tarea esta que por
intereses de clase deben llevar a cabo las organizaciones sociales,
laborales y políticas del pueblo trabajador, los estudiantes y todos los
sectores sociales que han sido, están siendo o podrán ser las víctimas
principales de la aplanadora neoliberal.
El antiimperialismo en los países centrales del capitalismo.
Con
el imperialismo neoliberal ha quedado en claro y fuera de discusión que
el conjunto de las clases que viven de un ingreso laboral en EE.UU.,
los países de la Unión Europea (UE) y otros países del campo
imperialista, están perdiendo rápidamente lo conquistado durante la
breve era (1945-1975) del Estado-benefactor.
El
desempleo y la exclusión social aumentan, ya prácticamente nadie tiene
seguridad laboral y el empleo a tiempo parcial y mal pagado es la norma.
Y estamos asistiendo a un fenómeno nunca visto, el de una generación de
jóvenes con elevados niveles de conocimientos que en gran parte quedará
fuera del mercado laboral, y de retirados cuyas pensiones bajan o están
amenazadas de desaparición.
Esto
es resultado de políticas aplicadas en los países del capitalismo
avanzado para seguir acumulando la riqueza social en muy pocas manos, lo
que provoca las obscenas disparidades de ingresos que todos conocemos,
mientras que en la práctica nunca ha sido tan grande la capacidad de
producir los bienes y servicios socialmente necesarios, gracias al
enorme desarrollo de las fuerzas productivas.
Las
transnacionales de los países centrales del imperio proporcionan cada
vez menos empleos y pagan menos salarios en las sociedades en las cuales
se formaron y transfieren sus operaciones a las filiales que han creado
en cercanos o lejanos países donde emplean a trabajadores mal pagados.
De esas operaciones proviene alrededor de la mitad de las ganancias de
estas empresas, que llegan como renta diferencial –la plusvalía
producida en otro país llega como renta diferencial- a los dueños de los
monopolios y las transnacionales. Esto explica el aumento de las
ganancias de las trasnacionales, y la pérdida trabajos asalariados es la
clave de la baja de la demanda final y del bajo crecimiento de la
economía real en los países centrales.
No
es necesario explicar los dramas sociales que viven las mayorías en los
países del capitalismo avanzado. Las derechas y las izquierdas lo
conocen y en su superficie lo detallan frecuentemente, pero lo que
asombra es la falta de análisis más profundo sobre el cambio estructural en el modo de producir del capitalismo y sus efectos en la sociedad, en el sistema político,
que hace décadas André Gorz y otros más describieron, y que poco o nada
influyeron en el pensamiento y los programas de las principales fuerzas
de la izquierda.
Sin embargo, es en estos países
donde el capitalismo industrial se topó ya con las barreras sistémicas
que lo están haciendo “saltar por los aires”, donde ya no puede
reproducirse en tanto que tal y como sociedad, como Karl Marx planteaba,
y donde ya existen las condiciones económicas y sociales para
cambios radicales, por no nombrar lo que muy raramente se nombra, para
llevar a cabo la revolución social que complete la salida del
capitalismo en todas sus formas.
Y
si de revolución social se trata, porque el capitalismo dominante ya no
tiene absolutamente nada que ofrecer de positivo a las sociedades y
pueblos de los países del capitalismo central, es grave constatar la
ausencia de una clara política antiimperialista que lleve nombre y
apellido en los discursos y programas de los partidos de la izquierda
radical, porque el imperio neoliberal de EE.UU. tiene muchos socios
dispuestos a participar en el saqueo, como se ha visto con la activa
participación de países de la UE en las agresiones militares en Libia y
Siria, del apoyo de la UE en las sanciones y hostigamiento de Irán, y
ahora el apoyo al golpe de Estado con ayuda de los neonazis en Ucrania.
¿Y
qué decir del apoyo o del cómplice silencio de partidos de la izquierda
radical ante estas políticas de países de la UE o directamente de la
UE?
La
UE es un proyecto neoliberal que aplica el neoliberalismo a ultranza en
los países que la componen, y es parte del imperio neoliberal. Su
política exterior, como la de Japón y otros aliados del imperio, está
dirigida a tratar de apropiarse de la mayor parte posible del “pastel”
de la explotación mundial, y prosiguiendo ese objetivo algunos países de
la UE o la UE en sí misma están creando o agravando los conflictos que
están destruyendo las economías y las sociedades muchos países del
Oriente Medio y África.
Esto,
en lugar de ser denunciado y combatido como parte de una política para
luchar contra las políticas imperialistas “dentro de casa”, primer
escalón para combatirlo a escala internacional, brilla por su ausencia o
no tiene el lugar que debería tener en los programas y la práctica
política de muchas fuerzas y partidos que se definen como parte de la
izquierda radical.
De
ahí la importancia de definir una estrategia antiimperialista que
incorpore esta realidad, que borre las vergonzosas claudicaciones
ideológicas del pasado y asuma plenamente las teorías revolucionarias,
para que esta estrategia antiimperialista se convierta en la guía y la
herramienta que oriente las luchas políticas y sociales en lo interno y
lo externo, y haga renacer una efectiva solidaridad internacional.
En
síntesis, construir una política antiimperialista lúcida y radical, que
nombre a las cosas por su nombre, es la cuestión del “ser o no ser”
para las izquierdas y demás fuerzas que luchan o dicen luchar, en esta
etapa crucial de la humanidad y de nuestra madre tierra, para poner fin
al imperio neoliberal antes de que destruya definitivamente las
sociedades y el planeta.
- Alberto Rabilotta es periodista argentino - canadiense.
1.- Cita del discurso de Evo Morales tomada de la Agencia Boliviana de Información, URL http://www3.abi.bo/#
http://alainet.org/active/75155